Pensamiento para quien Nunca se Rinde – Brendaliz Avilés

4 Jun

A todos nos llegan días tristes.

Tiempos donde el sol parece esconderse y donde todo a nuestro alrededor es completamente gris. Días en que a lo único que nos aferramos con fuerza es a una pequeña y delgada cuerda de esperanza. Nos sujetamos a ella esperando que no se rompa hasta que pasemos la prueba.
Pero aún en los días tristes los pájaros siguen cantando. Las flores siguen mostrando su hermosura y el viento sigue soplando. A pesar de la lluvia se puede contemplar a los lejos la belleza del horizonte. Esperamos a que vuelvan a aparecer los rayos de sol que nos brindan su calor.
Todos en mayor o menor proporción experimentamos la frustración de una derrota, el miedo y el deseo de no querer fracasar. Intentamos hasta más no poder conseguir la victoria. De alguna manera aunque haya momentos terribles que nos parezcan eternos, en los que pensamos que nunca pasarán, escuchamos una voz que sale de nuestro interior y nos dice: “que esto también pasará, que Dios nos ayudará a atravesar el túnel o el desierto”.
Siempre encontraremos piedras en el camino, pero hay que encontrar el modo de que ellas no nos obstruyan el paso. A la belleza de la rosa lo que la protege es su espina. Lo que por momentos nos parece un muro podría ser el puente que nos conduzca al lugar que tenemos que llegar. Pero lo que no podemos permitirnos es quedarnos varados en el camino, lo que no podemos dejar que nos pase es abandonar la marcha. Lo que no debemos permitir que nos acontezca es dejar de crecer, de aprender y de reír. Si nos caemos, solo tenemos dos opciones: quedarnos tirados en el suelo o levantarnos. Una opción nos engrandecerá mientras que la otra podrá traer nuestra ruina. Tantos personajes en la Biblia y en la historia quisieron desistir innumerables veces, pero no se lo permitieron a ellos mismos porque sabían que había mucho que ganar. Que no se escribe nada del cobarde que lo enorgullezca, que por todo cuanto quieras hay que luchar con devoción, apasionamiento, ahínco y fervor.

Que nuestro mayor ejemplo fue Jesucristo que aún padeciendo el más inmenso y cruel dolor no escatimo ni su propia vida por darnos a ti y a mi salvación.

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